Con su muestra “Historia Natural” en el Museo de Arte Contemporáneo, certificaron su propuesta vitalista -esa que sin Dios ni ley, sin escuela, teorías o pertenencias a movimientos- los hace penetrar la sociedad. Esta vez, con pinturas, diseño, Cd Rom, un libro y un estilo que comienza y termina en ellos mismos.
Desde algún lugar, que no es la esquina ni el centro de la pantalla, el trío Truffa, Cabezas, Leyton se las a ingeniado para sobrevivir en la historia del arte chileno, con una vehemencia y un empuje fuera de serie, solo asimilables al estilo y la estrategia de las pandillas. Sin Dios ni ley, pero con unas infinitas ganas de pintar y dar cuenta que están vivos y coleando. Ahora la muestra “Historia Natural”, realizada en el Museo de arte Contemporáneo, certificó sus diez años de impenitente existencia en la escena plástica nacional, aunque en sus comienzos más de alguien no les apostó-- y aun no les apuesta- nada más que dos o tres.
Cuatro salas del Museo, pinturas, instalación, multimedia y un catálogo con más apostura de libro que de otra cosa, sirvieron para que Bruna Truffa, Rodrigo Cabezas y Sebastián Leyton ratificaran ese pacto invisible pero inviolable que hace una década los une en vida, amistad, oficio, viajes y estadías entre el viejo continente y el nuevo continente. Y fundamentalmente en esta especie de delirio pictórico, en el que sistemas de producción, soportes, formatos, imágenes, paleta, códigos visuales, trasuntan una fe de carbonero en el gesto y el acto de pintar. Y en la autonomía de cualquier postura estética o discurso teórico, de la que se defienden a prueba de cañón. “Somos los únicos gestores de nuestra obra, nuestra práctica, nuestro discurso y nuestro modo de producción”, dicen, un poco arrogantillos, pero honestos a fin de cuentas.
Un diario de vida y viaje
Les ocurrió por primera vez ya avanzado el año 1985, en la exposición “El Enemigo Público”, parodia del viejo thriller interpretado por James Cagney, y que inundó de colores, insolencias y provocaciones algo paródicas del cine y del comic el escenario de nuestras artes visuales, polarizadas entre los unos y los otros, pero ninguno nuevo más. Luego “La moda mata” (figuras recortadas, ropas, medias, electrodomésticos), en los muros de la fenecida Galería Visuala, puso un poco de levedad a la adusta atmósfera y discurso “impitoyable” de la escena de avanzada. Más adelante vinieron otras muestras que evidenciaban el tono pletórico, urgente, energético y vitalista de este trío que en 1989 decidió emigrar. Truffa y Cabezas a España, Leyton a Francia, donde aún reside.
Entonces, ingresó al imaginario de cada uno esa cosa como de pintar apuntando las confesiones de un diario de vida y de viaje muy íntimo. Truffa, en su eterno femenino no carente de misterio, erotismo y voluptuosidad. Cabezas, impetuoso, delirante en su cúmulo de imágenes de una urgencia desbocada y harto apocalíptica. Leyton quizás más lírico, apacible, introspectivo: un poco el puente serenador entre los otros dos. A veces exponía solo el dúo radicado en España. Otras, los unía una de esas inevitables muestras en la Maison de L’ Amerique Latine (París), y así sucesivamente el verano podía pillarlos en una playa del sur de España, y el invierno en el departamento de Leyton en París. Fue ahí -distancia y melancolía obligan- donde decidieron realizar esa casa que aparece en sus actuales muestras. Una casa pictórica instalada dentro de galerías y museos, donde comparece la obra de los unos y los otros en un común vocabulario. El figurativismo a ultranza no los ha abandonado en todos estos años, ni tampoco lo han abandonado ellos. En sus obras hay cuerpo humano, paisajes, historietas de la historia visual, investigación y a veces hasta saturación, pero casi nunca abstracción o desmesurados silencios. La casa, icono que los une a los tres, ha sido y fue una constante. Después vinieron los arcos de triunfo, las pirámides y las figuras ensambladas donde no dejaron un espacio en blanco libre, porque todo fue soporte para imágenes, dibujo cabalístico, signos , profecías, arcanos del tarot, exploración y viaje. Dice Pablo Oyarzun en el catálogo –y dice bien—que : “El arco esotérico de los tres oscila entre el sarcasmo escéptico de Cabezas, el acendrado lirismo de Truffa, el repliegue meditativo de Leyton. El primero exige su figurativismo hasta el agotamiento de su fuerza de representación, sedimentando, como en estrato, códigos y código traídos desde zonas heterogéneas, y que en su mescolanza y entrecruzamiento llegan a la mutua anulación, por exceso. Truffa suspende en campos de arcaísmo sus paisajes y sus aves, los motivos de la retórica patria y, fascinadamente, la carcaza mujeril. Y Leyton juega el juego de la “perte de vue”, inscribiendo la mirada en el foco de la mirada: paisaje crepuscular y curvo, e infinitamente remoto en su inmediatez.
Cruz, círculo, hexagono
Los tres se amparan en formas geométricas distintas: Leyton en el círculo, Truffa el hexágono, Cabezas la cruz como soporte. “Trabajo el ojo como órgano esférico, paisaje del ojo, calma, luz, mancha, reflejo de la pupila, mundo que nunca ves, visión deformada, alteración y pregunta de lo pictórico”, señala Sebastián. Bruna Truffa hace rato viene poniéndose el desafío de pintar sobre un hexágono, como forma de la naturaleza, organismo que se repite. “Soy muy atmosférica, y mis pinturas parecen aguadas, telas enmohecidas, con la veladura y el vaho de la memoria y la infancia. Mi figura recurrente es el torso como cuerpo femenino, como timbre y marca, y junto a ello están las flores, los pájaros, las palabras que son el límite de lo visible: están pero no están”, dice. Y Rodrigo Cabezas intenta hacer en la cruz un oráculo, una baraja, un naipe azaroso. “Necesitaba sacar fuera tanta energía que se despliega al hacer arte, la muerte del arte, la falta de sentido del arte. La pintura tiene la capacidad de juntar el mundo con la estética, y así saltamos del desierto al deseo. En mi pintura, todo pasando; los mitos indígenas, el surrealismo, el post-impresionismo, el informalismo. En el fondo investigo, porque siento que hace falta reflexionar pintando”, señala, sin descontar que en su obra esta vez hay invocaciones a Caín, a Nietzche, a Zaratustra.
La narración, esa que provoca convulsiones en el universo conceptual, la han explotado casi como hábito de lectura de sus obras, porque dicen que el hombre ha perdido la capacidad de que las cosas le hablen.
“Y no hemos transado -señala Cabezas- aunque trabajemos en gráfica, en escenografías, en Cd Rom, o como ahora lo hacemos, en le proyecto “Cuerpos Pintados”, de Roberto Edwards”. Ese aprendizaje de vida y de obra lo ratificaron viviendo en Europa, porque allá el arte anda en las calles, en la historia, en todas partes, pero los artistas se las ingienian para ir a tono con los tiempos, diversificando los modos de producción sin sacrificar su proyecto original. “Aquí se mantiene un seudo-purismo idiota, en movimientos que son réplica de lo que viene de allá. Nosotros preferimos reflexionar sobre la pintura desde la pintura misma”.
Como gestores de su trabajo y autores de obra, el trío vive postulando a fondos y becas concursables, donde claro está mal no les ha ido, y “ tenemos una actitud propositiva y abierta a las nuevas tecnologías y lenguajes. Somos un diario de vida ambulante, y quizás la fuerza de nuestra perdurabilidad está en nuestra energía vital, y la capacidad que tienen todas las pandillas: la de infiltrarse y penetrar la sociedad.
Luisa Ulibarri
Periodista especializada en Cultura
Diplomada en Políticas Culturales y Acción Artística
Universidad de Bourgogne / Francia
Revista Diseño
Numero 41
Diciembre 1996
Paginas 114, 115, 116, 117, ilustradas. |